viernes, 4 de enero de 2013

ARTÍCULOS - WHEN WE WERE KINGS, capítulo III (Revista Rashomon, N° 74)




CÓMO SE FABRICA UN HÉROE




Como en los viejos cantares de gesta, la película es una narración épica cuyo clímax es el momento del combate Ali-Foreman. Y como tal, no podía faltar la exaltación del héroe, aquel que, pese a la inferioridad de sus atributos, será conducido por el destino hacia el éxito y la gloria.

Pero este documental es algo más. El ritmo de los yembés africanos sirve de fondo a los créditos de presentación y a los planos encadenados de Ali con su discurso incendiario y mitinero, lleno de autoalabanzas sobre su valor actual y posterior victoria. Espectáculo deportivo, África negra y reivindicación política, ése es el combinado que se va a filtrar tras la apariencia de un filme boxístico plagado de sugerentes alusiones y declaraciones directas.

La historia se presenta en forma de narración cronológica sobre la génesis del evento y sobre la explosiva personalidad de Muhammad Ali, frente a la cual se desdibuja un Foreman pasivo y apagado, pues el 80% del filme es casi una hagiografía de Ali, su capacidad para el desafío y sus cualidades excepcionales. La responsabilidad del relato recae en personajes de primera fila, pertenecientes al mundo del cine y de la cultura, cada uno de los cuales tiene asignada una tarea específica en el desarrollo de la historia.

En primer lugar, el cineasta Spike Lee (Malcolm X, Fiebre salvaje, Clockers) aprovecha para comentar aquellas cuestiones más afines a su personal punto de vista político, insistiendo en las diferencias entre los negros africanos y los llamados afroamericanos, con el fondo de la problemática racial de EEUU y la crisis política ocasionada por la dimisión del Nixon.

Admirador incondicional de Ali, al que considera divertido, carismático y “máquina de boxear”, se regodea en explicar el episodio de la negativa del boxeador a participar en la guerra de Vietnam y los cinco años de prisión así como la multa de 10.000 dólares que tuvo que abonar. La conocida frase de Ali “ningún vietnamita me ha llamado jamás negro” sirve de colofón al relato de Lee, y se complementa con el de Thomas Hauser, biógrafo de Ali, que  alude a su  “hablar claro, valiente y sin miedo a perjudicar su carrera”, lo que le supuso ganarse el odio de parte de la sociedad norteamericana, no sólo por su conversión al islamismo sino por la osadía de Ali de mezclar política y deporte.

Otro narrador es Norman Mailer, escritor (Los hombres duros no bailan), guionista, periodista político y ensayista de renombre (Hacking Catastrophe, sobre el 11-S e Irak). Su función parece ser realizar un análisis psicológico del héroe y del enorme ego que le lleva a ridiculizar a su contrincante hasta el hartazgo, así como la posibilidad de la existencia de un miedo latente, que el susodicho se apresura a negar.

El escepticismo de Mailer sobre la victoria de Ali es compartido por el periodista deportivo Howard Cossell, que comenta los combates ganados por Foreman y su contundente pegada. El montaje en paralelo, constante formal del filme, contrasta las imágenes del “formidable Foreman” con las descaradas declaraciones de Ali, llenas de chascarrillos y anécdotas jaleadas y celebradas por sus fans.

El lado tierno de Ali corre a cargo de Odessa Clay, la all’s mother que relata el episodio infantil del robo de su bici, lo que le llevó hasta Joe Martin y su escuela de boxeo para “dar su merecido” a los ladrones. Drew Brown, all’s assistant trainer, insiste en cambio en los aspectos religiosos del personaje al que ensalza como “profeta, amante de Jesús, los pobres y los niños”.

Es notorio el modo de sacar partido político al tema religioso, pues se nos indica que la  misión de Ali es vencer al Tío Sam y que el mundo es una representación divina en el que los hombres sólo somos actores. Los valores espirituales del personaje no nos alejan de su estrategia deportiva que consiste en saber recibir golpes y no rechazarlos sino aprovechar para buscar los puntos débiles del otro. Todo un tratado de manual de psicología de andar por casa, pero muy efectivo cuando se trata de mover a las masas y ponerlas a favor de los intereses de quienes las manipulan.

Finalmente, encontramos a George Plimpton, ese versátil espécimen cinematográfico y periodístico que lo mismo hacía cameos en Lawrence de Arabia como entrevistaba a Faulkner o escribía sobre béisbol u ornitología. En el filme, nos habla de Kinshasa, la capital de Zaire, del dictador Mobutu Sese Seko y su omnipresente crueldad. Enfatiza el talante amoral del gobierno africano y la represión excesiva para limpiar de delincuentes las calles.

Plimpton declara que “Kinshasa se convirtió en la ciudad más segura de África y el mundo”. Con ironía remata: “al menos mientras la prensa extranjera asistió al combate”. Tampoco confiaba mucho en la victoria de Ali, pues consideraba a Foreman un gigante de gran fortaleza, “como un tanque”.



Pero el mejor narrador de las hazañas de Ali es el propio Ali. Sus ruedas de prensa, sus provocativas declaraciones, constituyen todo un ejemplo del modo de vencer  mediante la palabra, lo que hoy se llama “pensamiento positivo”. Ali fue un maestro de esa técnica consistente en repetir una y otra vez que uno es el mejor. El rostro de Muhammad Ali se cuela constantemente en los comentarios de los otros narradores, dejando constancia de su voz y de su mensaje pleno de buenos augurios. Machacón y persistente, gracioso y punzante, Ali se hace con su público construyendo un autorretrato epopéyico pero popular y cercano.

He aquí algunas muestras de su carácter arrogante, charlatán, impulsivo pero sincero:

En el Walford Astoria Hotel de Nueva York: “Soy fuerte, profesional. He talado árboles, he vencido a un cocodrilo, he peleado con una ballena. He esposado a un rayo, he metido en la cárcel a un relámpago. He asesinado a una piedra. He llevado un ladrillo a un hospital. Soy tan malo que hago enfermar a las medicinas”.

La gente se encantaba con su discurso popular, demagogo, chistoso. Cuando le preguntan sobre su estrategia de combate, Ali dice: “voy a bailar. No me cogerá”. Los ataques a Foreman se intensifican a medida que se va aproximando la fecha del combate. Con enorme crueldad dice que su oponente tiene miedo y por eso se ha lesionado, con el consiguiente retraso del evento.

Cuando Ali sale a correr rodeado de los niños y jóvenes negros que le adoran, mientras amaga con los puños añade que “además Foreman está en mi país”. Ali se apropia de todo y de todos. El grito colectivo “Ali, Boma ye” (Ali, mátale) resuena en calles y gradas como el de la gran hinchada que arropa a su favorito. Ése es el rasgo de este héroe singular: que se ha hecho a sí mismo el personaje indispensable de toda África, como símbolo de una negritud diferente y  esperanzada, presagio de grandes cambios, de grandes ilusiones. Y en los entresijos del discurso deportivo, la nota política, como si fuera portador de una misión casi divina: “defenderé una buena causa para los negros africanos… Quiero ganar para ayudar a todos los desfavorecidos del mundo”.

Si le dicen que Foreman es más fuerte, Ali afirma: “Yo tengo a Dios de mi parte”. Si existe algún caso en que la actitud garantiza el éxito, sin duda la preparación de este famoso combate de boxeo es una muestra ejemplar. Pues Ali no sólo ganó la pelea. Puso los problemas africanos en el primer plano mundial, aunque una vez que el evento finalizó, todo se olvidó y volvió a ser igual.

O quizás no.

Fuente:

REVISTA RASHOMON - CINE TY DEPORTES, N° 74 – Archivo ENCADENADOS.ORG (Julio 2012)

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