viernes, 15 de febrero de 2013

ESPECIALES - JAKE LAMOTTA, TRAGEDIA Y REDENCIÒN


YO, EL PEOR DE TODOS


El pequeño Jake era bajito y cabezón, testaduro, flaco y algo debilucho. Quizá por ello, los niños del barrio se cebaban con él propinándole fuertes palizas mientras jugaban a las peleas callejeras. Su padre no tardó en proporcionarle un arma y le dio un viejo consejo siciliano "o aprendes a defenderte o acabarán por matarte". Vida o muerte, aquello era el Bronx. Tras los primeros pinchazos asestados con el picahielos que le regaló su padre, los niños empezaron a respetarle; el flacucho iba en serio. Pero pronto aprendió, que el verdadero respeto se ganaba con los puños. La primera gran paliza se la proporcionó a su hermano Joey el día que le vio flirtear con su primera novia, pero fue la paliza asestada al librero Harry Gordon la que le atormentó durante gran parte de su vida.

Gordon, quien regentaba una librería en un callejón del Bronx, se disponía a cerrar su negocio cuando vio llegar a un jovenzuelo corriendo directamente hacia él. "Está cerrado", le espetó. Pero el chico no venía a saludar y, mucho menos, a comprar libros. Era Jake Lamotta quien, armado con una barra de acero, golpeó incesantemente su cabeza y no cesó hasta comprobar que había perdido el sentido. Buscó en los bolsillos de la chaqueta y se llevó la cartera sin comprobar su contenido antes de salir corriendo. La primera angustia llega en forma de decepción al comprobar que la cartera no tiene un solo dólar en su interior.

La segunda angustia llegará en forma de impacto al hojear el periódico del día siguiente: "Matan al librero Harry Gordon en un atraco y se dejan la recaudación del día que guardaba en el bolsillo delantero del pantalón". Aquello terminó por superarle. Se consideraba un chico rebelde, sin muchas aspiraciones en la vida, un ladronzuelo de poca monta con ínfulas de importancia, pero no quería ser un asesino. Atormentado por sus propios actos, Lamotta se convierte en un joven arisco y encerrado en sí mismo, un peligro público que corre demasiados riesgos sin importarle el peligro. Tras uno de sus numerosos robos es detenido por la policía y encerrado en un reformatorio. Tenía dieciséis años y una ficha policial demasiado cargada de delitos como para seguir dejándole suelto por las calles.

Durante la noche que venció a Cerdan, Jake Lamotta espantó todos sus fantasmas. El primero tenía forma de cinturón dorado y el segundo tenía la figura encorvada de un anciano cuyo rostro era igual al del librero Harry Gordon. Enfundado en su bata de leopardo, Lamotta se dispuso a recibir a todo aquel que le quisiera felicitar y su respiración se cortó cuando vió a Gordon ante la puerta del vestuario. Frotó los ojos, imploró al cielo y estrechó una mano. No era una visión, era el hombre al que había matado doce años antes en un callejón del Bronx. "No puede ser, usted está muerto". "No, Jake, no estoy muerto. La prensa se precipitó y un buen médico me salvó la vida. Y ahora he venido para perdonarte".

Aquello fue más de lo que pudo haber pedido. El toro salvaje del ring se transformó en un adulto tranquilo que aprendió a pedir perdón y a perdonarse a sí mismo. Fue un espinoso camino a la gloria. Encontró una nueva mujer, un empleo estable y un bar alejado del mundo donde poder contar su historia a los clientes que le quisieran escuchar. Uno de ellos le aconsejó escribir una autobiografía y el libro cayó en manos de un director de cine. Scorsese pidió contar su historia y Robert de Niro le convirtió en leyenda en la gran pantalla. 

Tras el estreno de "Toro salvaje", al que había acudido toda la gente que le había importado a lo largo de su vida, y aterrorizado ante lo que había visto en el cine, se acercó a Vicky, su ex mujer, y le preguntó, casi llorando "¿Yo era así?". Vicky guardó silencio unos segundos y recordó los años de tortura. "No", le contestó. "Tú eras peor".

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