viernes, 15 de febrero de 2013

PERFILES - JAKE LAMOTTA (1922-)




EL TORO DEL BRONX



Giacobbe LaMotta -Jake para todo el mundo- nació en el corazón de Nueva York un caluroso día de verano de 1922. Pronto descubrió que la vida y el mundo no regalaban nada. Sus padres, sicilianos de nacimiento, buscaban en la capital del mundo la oportunidad que Philadelphia les había negado y encontraron en el Bronx un techo donde vivir y un trabajo donde ganar los dólares suficientes para llevar un pedazo de pan a casa.

LaMotta siempre pregonó que había tenido dos escuelas: La calle y el reformatorio. Tras cumplir dos años de prisión y alcanzar la mayoría de edad, regresa a la calle con intención de redimirse. No le sería fácil; la mala fama y la depresión económica no le daban muchas alternativas. Curtido por los golpes recibidos durante su encierro y deseoso de descargar toda su frustración, se presenta en el gimnasio de Mike Capriano para aprender lecciones de boxeo. 

Capriano, perro viejo de la calle y maestro de más de mil jóvenes, le hace la pregunta más existencial de su corta vida de pendenciero. "¿Por qué quieres pelear?". "No quiero, me obligan. Pelear es algo natural para mí". Con esa premisa se sube al ring y descarga sus puños en sus compañeros de gimnasio. Su hermano Joey, empeñado en sacarle del agujero, le insistía; "No lo pagues con el mundo, Jake, descarga tu rabia en el ring. Toda tu rabia en el ring".

Así lo hizo. Pronto conoció el sabor de la sangre mezclada con el lilimento y, para sorpresa propia, descubrió que le gustaba. Alternó sus primeros combates entre el peso medio y el semipesado y alcanzó un ranking de 14-0-1 en sus quince primeras peleas. Por su forma de fajarse en el cuadrilátero y su forma suicida de pelear, fue bautizado como el Toro del Bronx. Lamotta, que seguía atormentado por la muerte del librero Gordon, se presentaba en los combates con la nariz aplastada y la voz gangosa buscando intimidar al adversario. 

Poco a poco se fue labrando un prestigio hasta caer derrotado contra Jimmy Reeves en Ohio, en un duro combate que creyó haber ganado de principio a fin. Enfadado con los jueces y aprendiendo que nadie seguiría regalarle nada, se volvió más uraño y más duro si cabe. Una roca imposible de derribar. De esta manera, alcanzó las treinta peleas con un record de 27-4-2. Ya era un tipo conocido en el mundo pugilístico y solamente le quedaba un paso: pelear contra el mejor.

Envalentonado por el ánimo que le insuflaba la calle, Lamotta siguió preparándose para ser el mejor. En ataques cada vez más suicidas, fue sumando victorias y aprovechó el momento para volver a citarse con Jimmy Reeves. El pequeño toro había cambiado; ahora era más fuerte y no conocía el dolor. Todo un peligro en el ring. Con el rencor por la injusticia cometida en Ohio dos años antes aún latente en su orgullo, se lanzó a por Reeves desde el primer gong y no cesó en su empeño hasta tumbarle en el sexto asalto. El toro estaba desbocado. Poco después derrotó a un buen boxeador como Fritzie Zivic y retó a un nuevo combate a "Sugar" Ray.

Lamotta era como una roca indestructible ante los azotes climatológicos. Se le podía erosionar, se le podía castigar durante un combate entero, pero él siempre permanecía inquebrantable, nunca doblaba, nunca se quejaba. Gran culpa de aquello la tenía su inmunidad al dolor; fue él mismo quien llegó a declarar "Peleo como si no mereciese vivir". Realmente, él mismo creía que no merecía vivir. Llevaba casi una década sintiéndose un asesino arrepentido, pero la culpa no le servía de nada, solamente para sentirse aún más despreciable. Era por ello que creía merecerse cada golpe que recibía y era por ello que buscaba más y más golpes en cada pelea. Y era entonces cuando reaccionaba. Necesitaba que le pegasen, necesitaba expiar cada pecado en el puño de cada rival.

Fuera del ring su temperamento era aún peor: excesivo, salvaje, incomprendido. Atormentado por la culpa, el ídolo de masas se había convertido en un tipo irreconocible, huraño, agresivo, irascible. Un matratador que jugaba a los sacos de boxeo con todas sus parejas, un celoso recalcitrante que necesitaba reivindicarse en cada combate cada vez que una de sus mujeres le hablaban de lo guapo que era su siguiente rival. Quien más pago el pato fue Tony Janiro, quien después de recibir un halago en privado por parte de su esposa Vicky, recibió una paliza que le mandó al hospital. Cuanto más miraba su cara bonita, más ganas tenía de destrozársela.

Valiente dentro del ring, huraño y desconfiado fuera de él, Lamotta juega con su destino el día que rechaza recibir a los matones de la Mafia. A partir de entonces su vida profesional se convierte en una tortura; ningún promotor le llama, ningún rival le reta y la federación parece haber olvidado su nombre. Aconsejado por su hermano Joey, quien se había convertido en su mánager y único confidente, decide descolgar el teléfono y hacer esa llamada que siempre quiso evitar. El precio a pagar será caro. En primer lugar, la Mafia le "invita" a perder un combate fácil contra Billy Fox a cambio de que algún capo se forre en una casa de apuestas y más tarde le piden veinte mil dólares en concepto de gastos de gestión como fianza a pérdida a cambio de un combate por el campeonato del mundo.

El caso es que la extorsión recibida al final tuvo su fruto y el campeón francés Marcel Cerdan viaja a Detroit para enfrentarse a Lamotta y defender así su corona. Nadie debió haber avisado al Cerdan de contra quién se enfrentaba; Lamotta, ebrio de gloria y rabia, le castigó hasta que le hizo gritar "basta". Avergonzado por la derrota, Cerdan aceptó una revancha que jamás se disputaría puesto que el avión que le conducía de vuelta a los Estados Unidos se estrelló sin dejar ningún superviviente.
Durante los siguientes meses se dedicó a vivir, a descuidarse y a presumir por el campeonato obtenido. 

"Le gusta tanto el cinturón de campeón del mundo que incluso se lo pone para dormir", llegó a declarar su esposa. La vida ya no era una jungla en mitad de una tormenta; había motivos para disfrutar y Lamotta lo estaba haciendo. Tanto que hasta llegó a olvidarse que tenía obligación de defender su cinturó y que algún día debía volver al ring para ponerlo en juego.

La primera defensa fue contra Tiberio Mitri, un boxeador italiano que le llevó hasta el decimoquinto asalto y al que terminó derrotando a los puntos. La segunda defensa le enfrentó al francés Laurent Dauthuille al que noqueó en el último segundo del último asalto después de haber sido dominado durante todo el combate.  

La histórica saga protagonizada junto a Sugar Ray Robinson es una de las épicas más atrapantes de la historia del boxeo y su capítulo final fue un apoteósico encuentro el 14 de Febrero de 1951. Al día siguiente, la prensa bautizó el combate como "La masacre de San Valentín" y la rivalidad ya había tomado matices novelescos. La gente hablaba de un perdedor que luchaba como un ganador, pero poco a poco le fueron perdiendo la fe. Hubo un día que el público admirada a un boxeador valiente, pero tras aquel catorce de febrero, muchos puristas comenzaron a rechazar a un boxeador temerario. 

Peleado con el libro de estilo del peleador modelo y acuciado por la crítica, LaMotta comenzó a gastar su dinero en alcohol y mujeres. Fue una cuesta abajo demasiado dura, una autodestrucción a cámara lenta. Primero le abandonó su mujer y después le abandonó el boxeo. Tras caer derrotado ante Billy Kilgore, decide colgar los guantes y poner fin a su carrera profesional.
La caída a los infiernos le llevó de nuevo hasta la cárcel. 

A todos los boxeadores que venció por nocaut, fue por lo fuerte que atacaba al cuerpo, los degastaba y castigaba. Era de baja estatura para la categoría de los pesos medios (1,74 cm.), pero sus problemas de peso no le permitían pelear en una categoría menor. Tenía un estilo agresivo, y algunos expertos de la época decían que peleaba como si no mereciera vivir, esto se decía porque iba siempre hacia adelante y aunque recibiera castigo no retrocedía, seguía atacando con golpes curvos y boleados. Su mejor golpe era el gancho de izquierda, tanto a la cabeza como al cuerpo. No tenía mucha potencia y su registro lo demuestra.

Propietario de un club nocturno y desencantado por la vida, inició una relación con una menor de edad que no tardó en cantar la traviata ante la policía poco después de que el propio Lamotta, arrepentido, confesase el amaño en el combate ante Billy Fox. Sin blanca y sin más futuro que una botella de whisky, inicio una breve carrera como comediante al tiempo que veía como la federación de boxeo le borraba, como si de un apestado se tratase, de las listas de grandes púgiles de la historia. Nunca entró en un Salón de la Fama y sintió un profundo dolor en el alma el día que no fue invitado al homenaje a "Sugar" Ray Robinson. Precisamente él, que había sido el primer boxeador en hacerle besar la lona. 

Una vez màs la rivaldiad exedìa el cuadrilàtero. La carrera de Ray no hubiera sido lo mismo sin Jake, y viceversa. LaMotta viviò deportivamente a la sombra del exito y los cinturones de Sugar. Sin embargo, una vez retirado, Jake librò su lucha màs difìcil: vencer sus propios demonios internos.


Rècord profesional:

106 combates (1941-1954)
63 victorias (30 KO)  
19 derrotas
4 empates.

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