martes, 2 de abril de 2013

ARTÍCULOS - "El hombre que derribó a King Kong" (JOT DOWN CULTURAL MAGAZINE, 2012) por Rubén Uría


           MIKE TYSON, AUTODESTRUCCIÓN

Mike Tyson desataba la “Operación Conmoción y Pavor” cada vez que subía al ring. Apenas llegaba al metro ochenta (1.78), pero era una furia incontrolable, un robot del KO, programado para aniquilar a sus rivales sin remisión. Su cuello tenía las mismas medidas que la cintura de Marylin Monroe, su cuerpo se había tallado en el gimnasio, su esquiva era un prodigio y sus puños eran dos bombas de relojería. Su instinto asesino le ponía en otra dimensión. 

Había sido entrenado para matar y había sido moldeado hasta el último detalle, boxístico y personal por su padre adoptivo, el venerable Cus D’Amato, que le estimulaba con innumerables sesiones de vídeo para pulir su estilo, al tiempo que le servía de guía espiritual para afrontar los desafíos de la vida. [“¿Qué te pasa Mike, por qué estás triste?” “Tengo miedo, Cus”. “Pero hijo, estás preparado para ser un gran campeón ¿a qué tienes miedo?” “Tengo miedo de que ellos —la gente— no me quieran. Que no les guste”. “Tranquilo hijo, les vas a encantar”]. D’Amato, que profetizó que Mike sería campeón cuando tenía 13 años, entendió que el gran secreto de Tyson consistía dar confianza y afecto a un chaval analfabeto, a un niño asustado que quería una oportunidad de poder tener un futuro, lejos de aquel barrio marginal donde creció, donde uno podía acabar acribillado por cinco centavos. D’Amato canalizó la frustración de Mike gracias al boxeo, supo disipar sus miedos, fue el receptor de su confianza y el responsable de convertir a un niño sin infancia en una máquina de guerra tan perfecta como disciplinada. “¿Qué puedo decir de cómo enseñé a Mike? Primero transformé la chispa en una llama. Ésta se tornó fuego, y el fuego se volvió un incendio incontrolable”. 


Aquel chaval tímido de Brownsville, que precedía del guetto y que apenas balbuceaba tres palabras seguidas mientras ayudaba a su mentor a dar de comer a las palomas, acabó amando el noble arte. Tyson era boxeo, pensaba en boxeo, quería al boxeo, estaba dispuesto a morir por el boxeo. Había encontrado, por fin, su modo de vida. Así que, cuando Cus D’Amato murió de una neumonía, a los 77 años, Mike le hizo su particular homenaje en el siguiente combate. Despachó a su rival en 77 segundos. “Uno por cada año de Cus”. A los 24 años, ya Campeón del Mundo, Mike hacía honor a su apodo periodístico, era ‘King Kong’. Proyectaba una imagen de bestia salvaje negra, de mirada asesina (“cuando les miro, ya sé que se van a caer”) y de puños de acero (“cuando les pego, trato de incrustar su nariz en su cerebro”). 

Estar encerrado junto a Tyson en las doce cuerdas era sinónimo de luto para cualquiera. Los Pinklon Thomas, Tyrel Biggs y Carl Williams de la vida le duraban un suspiro. Michael Spinks, correoso y con currículum de estrella, le había durado 92 segundos. Frank Bruno, con un cuerpo de culturista y fama de pegar como una mula, sólo le aguantó 5 asaltos. El único rival de Tyson era Tyson. Así llegaba a Japón, en febrero de 1990, sabiendo que podría ser el más grande de todos los tiempos. Porque ¿quién era ‘Buster’ Douglas? Al llegar al Tokyo Dome, Tyson lo tenía claro: “Ese tío no es nadie, no existe”.


En la rueda de prensa previa al combate en Tokyo, más de trescientos periodistas acudieron para recoger todas las impresiones de Mike Tyson. Los expertos coincidían en señalar que James ‘Buster’ Douglas estaba condenado a caer, más pronto que tarde, y apenas un par de periódicos apostaban porque sería capaz de pasar del primer asalto ante ‘El Terror del Garden’. Y James Douglas era un peso pesado de elite, pero no tenía las condiciones necesarias para plantar cara a un depredador como Tyson. Había derrotado a Oliver McCall y a Trevor Berbick, sí, pero aquellos boxeadores le habían durado a Tyson menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Manejaba bien el gancho y tenía un buen uppercut, pero tenía problemas de peso, no era constante, carecía de pegada, no era un guerrero del ring y se rumoreaba que tenía mandíbula de cristal. Así que, cuando Tyson acabó su discurso, la prensa, en manada, decidió abandonar el local para seguir al séquito de Tyson. Existía un consenso generalizado en que Tyson sería el campeón del mundo de los pesos pesados hasta que él quisiera, porque pegaba a sus rivales y ellos, como sacos de patatas, se caían al suelo. 

Todos sabían que ‘Iron Mike’ no estaba en forma, que había perdido su hambre de gimnasio y que empezaba a trasnochar más de la cuenta, pero nada pesaba más que la pesada mano de Tyson. Sin entrenar en serio y con una mano atada a la espalda, Tyson era un arma de destrucción masiva que no estaba en tela de juicio. No podía perder. Cuando la prensa abandonó la sala para averiguar en qué discoteca de Japón se celebraría el sarao para festejar la nueva victoria de Tyson, Douglas decidió permanecer, en soledad, sentado en su sitio. El único periodista que permaneció en la sala, según testimonio del propio boxeador, se acercó hasta su posición y le preguntó: “¿Es usted es James Buster Douglas, no? ¿Es usted, verdad?”. Nadie conocía al Don Nadie que, según Tyson, “no existía”.


James ‘Buster’ Douglas, forjado en un hogar humilde de Ohio e hijo de un boxeador de cierta reputación, ‘Dynamite Douglas’, tuvo una adolescencia dura y vivió de cerca la traumática muerte de su hermano pequeño, que falleció al disparársele accidentalmente una pistola. Douglas, un tipo duro hecho a sí mismo, se encontraba ante la oportunidad de su vida, disputar el título mundial, pero no atravesaba por su mejor momento. Su esposa le había abandonado y, sólo 21 días antes de la pelea ante Tyson, había perdido a la persona que más le había marcado en su vida, su madre. “Mi madre siempre me inculcó fuerza. 

Si algunos niños me amenazaban con pegarme, me decía ‘más vale que no te peguen, porque de lo contrario, seremos dos lo que te golpeemos, así que defiéndete”. Douglas bajaba a los infiernos y Tyson estaba cruzando el paraíso, así que las casas de apuestas tenían claro que no ganarían ni un mísero dólar aquella noche. Entre otras cosas, porque la tarjeta de presentación de ‘Iron Mike’ era demoledora. ‘King Kong’ presentaba un balance de 37 victorias, 32 de ellas por la vía del cloroformo, con nada más y nada menos que 17 nocáuts conseguidos durante el primer asalto. Con todo en contra, ‘Buster’ entendió que su única posibilidad ante un boxeador infinitamente superior pasaba por canalizar su frustración en el cuadrilátero, descargando en el ring toda la rabia contenida que le ahogaba el pecho. Tenía que pelear contra dos enemigos en una misma noche: Contra el mejor boxeador del mundo y contra su terrible depresión.


La noche del combate, ‘Buster’ Douglas no retira la mirada de los ojos del campeón. “Sabía que trataría de intimidarme, mi padre me lo había dicho, así que no aparté los ojos y me concentré en romper a sudar, en hacer sólo lo que estaba en mi mano”. El campeón, amenazante, susurra: “Eres un paquete”. Douglas no entra al trapo. Años después de la pelea, aún mantiene fresco el recuerdo de cómo planteó la pelea: “Mi estrategia la noche del combate era un verbo: Sobrevivir”. Tyson, marca de la casa, comienza fuerte en los dos primeros asaltos. 

Y cada vez que ‘Buster’ se agarra, para frenar el ímpetu de Tyson, el ‘Terror del Garden’ le dice al oído: “No eres nadie, ‘Buster’ no eres nadie”. No obstante, a pesar de su inferioridad, Douglas consigue atravesar el ecuador de la pelea. Tyson no aprovecha su potencial en los primeros asaltos, no acelera las acciones y se toma las cosas con tranquilidad. La televisión japonesa comienza a dar crédito a ‘Buster’, y después del sexto asalto, la prensa norteamericana empieza a darse cuenta de que no va a ser un crucero de placer para Tyson. En el octavo, un gancho de derecha del campeón explota en el mentón de Douglas, que cae fulminado. Medio groggy y salvado por la campana, el aspirante consigue alcanzar su esquina. Está herido. Tocado, pero no hundido. Mientras le restañan las heridas y su entrenador John Russell, le anima a reaccionar, ‘Buster’ piensa en no rendirse. “Pensé en algo que siempre solía decir mi madre. Ella me decía ‘cuando quieras creer en alguien, sólo cree en ti’. 

Así que salí al ring, a resistir como pudiera, a darlo todo”. Haciendo acopio de toda la rabia contenida que aún guarda en su sótano, Douglas vuelve a la pelea. Sin nada que perder y todo por ganar, da un paso al frente. Libera su bestia particular, entra en el cuerpo a cuerpo y comienza, para sorpresa del público del Tokyo Dome, a ocupar el centro del ring. ‘Buster’ mantiene a raya a Tyson, que empieza a dar muestras de cansancio (no estaba preparado para rebasar el límite de los ocho asaltos). Douglas, crecido en el décimo, envalentonado por haberse repuesto de un KO que parecía seguro, conecta un uno-dos que sacude la cabeza de Tyson, que parece aturdido. ‘Iron Mike’ no acierta a comprender cómo ese Don Nadie de Ohio, después de una breve visita por la habitación del sueño, tenga la suficiente entereza para despertar de la siesta y ponerle en apuros. Otra derecha cruzada explosiona en la cabeza de ‘King Kong’ y el Tokyo Dome se viene abajo. 



 Douglas le pierde el respeto al campeón, que tiene un ojo a la funerala, casi cerrado, y empieza a acosar a su rival. En el undécimo asalto Tyson comienza a notar que sus piernas son de madera, que sus brazos le pesan y que su esquiva deja de funcionar, porque su cuerpo no responde a los estímulos de su cerebro. Está fatigado y se convierte en un blanco fácil. Douglas rebusca en sus entrañas y golpea en serie. “Sabía que algo salvaje podía pasar, no era normal que la vida me estuviera deparando tantas fatalidades, algo bueno me tenía que pasar”. Estaba talando un árbol gigante de Brooklyn. Tantea a su rival en la media distancia, busca un hueco, prepara el golpe y descarga un uppercut de derecha que hace retroceder a Tyson, que empieza a tener esa extraña sensación de flotar sobre el cuadrilátero. 

A continuación, Douglas dispara un directo. Después otro. Y otro. Y luego, otro. Entonces, llega el terremoto. Tokyo se estremece y el mundo contiene la respiración. Mike Tyson, el indestructible peso pesado con más instinto asesino de la historia, cae por primera vez en su vida. Casi inconsciente, ‘King Kong’ escucha la cuenta de protección del árbitro mientras, todo corazón, lucha contra su propio destino, gateando por el ring, como un chiquillo, mientras trata de encontrar y colocarse el protector bucal. Mike, en un alarde de valentía, consigue incorporarse y trata de seguir la pelea, pero el árbitro le abraza para protegerle de un castigo más severo y señala el final de la pelea. La narración de la televisión norteamericana incendia la noche de medio planeta: “Tyson, por primera vez en su carrera, tiene un grave problema. Ya no es campeón del mundo, es humano, y ha caído. Amigos, la historia de esta noche es una historia increíble”. James Buster Douglas, contra todo pronóstico, porque las apuestas estaban en su contra 42 a 1, se convertía en el nuevo campeón del mundo de los pesados. La cadena HBO, una vez procesada la sorpresa mayúscula, remata la velada con una frase que pasa a los anales de la historia del boxeo: “Lo que acaba de hacer ‘Buster’ Douglas hace que La Cenicienta parezca una triste historia”.


 Tras derribar de un puñetazo a ‘King Kong’, los promotores llenaron de pasta los músculos de Douglas. Los periódicos no se cansan de repetir los paralelismos históricos de la historia de ‘Buster’ con la de James J.Braddock, Cinderella Man, el hombre que derrotó a Max Baer contra todo pronóstico en 1936. Tachado de nuevo “hombre Cenicienta”, el teléfono de Douglas no para de sonar. “Al llegar a Tokyo, sólo me esperaban dos personas de la organización en el aeropuerto y nadie sabía quién era, así que podía pasear tranquilamente por allí. Cuando cogí el avión de vuelta, después del combate, mil personas me seguían y me pedían una foto. Entonces comprendí que mi vida había pasado de la noche al día, que me había hecho famoso y que el dinero me caería del cielo”. Varios anunciantes llamaron a su puerta, protagonizó un par de cameos en series norteamericanas y recibió una oferta mareante, de 24 millones de dólares, para defender su corona ante Evander Holyfield, ocho meses después. 

‘Buster’, sin motivo aparente, jamás preparó aquella defensa a conciencia. Todo lo contrario, hizo lo imposible por perder. Descuidó su forma, se infló a pizzas, apareció con sobrepeso y no se empleó a fondo en las sesiones de entrenamiento. “No quería pelear más. No estaba en condiciones psicológicas de afrontar otra guerra”. Holyfield, con una superioridad insultante, le derribó con facilidad y se convirtió en nuevo campeón. De haber conseguido imponerse, ‘Buster’ habría aspirado a una bolsa de 100 millones de dólares por concederle la revancha a Mike Tyson. “Fue una lástima, pero no podía hacer nada, no estaba bien, tenía serios problemas, dentro y fuera del ring”.


 Después de caer ante Holyfield, el hombre que había humanizado a Tyson entró en barrena. Descendió a los infiernos y coqueteó con la muerte. Enfermo de diabetes, comió y bebió, como un poseso, dejándose llevar hasta presentar un estado de salud lamentable. Mientras Tyson era condenado por haber violado a Desirée Wasinghton (“ella me lo robó todo, todo”), Douglas, el hombre que le había arrebatado la gloria y la condición de invicto, estaba siendo devorado por sus demonios interiores. Incapaz de superar el trauma de la muerte de su madre y víctima de sus excesos con la comida y con la botella, ‘Buster’ Douglas llegó a pesar más de 300 libras. Tenía el corazón vacío y la barriga llena. Se había convertido en una mole XXL, en un obeso incurable, en un tipo que “comía como si se quisiera morir”. Estuvo a punto de hacerlo. 

Ingresó en un hospital y permaneció tendido en una cama, donde pasó tres días en coma. Cuando despertó, prometió cambiar de vida. Se volvió a poner los guantes y volvió a subirse al ring. No le fue demasiado mal. Ganó algún dinero y sólo perdió con Lou Savarese. Y aunque jamás volvió a recuperar la electricidad que sí tuvo en aquella noche memorable de febrero de 1990, en Tokyo, sí fue capaz de espantar, a golpes, esos demonios interiores que habían estado a punto de mandarle al otro barrio. Tras ganar a un segunda fila como Andre Crowder en 1999, decidió retirarse del boxeo y lo hizo con un récord profesional de 38 victorias, 6 derrotas, un nulo y un ‘no contest’. Hoy, James ‘Buster’ Douglas vive en su rancho de Columbus, en el estado que le vio crecer, Ohio, dirige una fundación y escribe libros de recetas de cocina para los diabéticos. 

Derribó a ‘King Kong’ y una vez que supo que un esfuerzo total es una victoria completa, fue capaz de reinventarse a sí mismo. El hombre que le hizo famoso, Mike Tyson, corre peor suerte. Ha dilapidado una fortuna personal de 300 millones de dólares, está en bancarrota y sigue teniendo cuentas pendientes con la Justicia. Un casino de Las Vegas lo exhibe como a un forzudo de feria. Su autógrafo cuesta 450 dólares y una foto, 150. Y previo pago de 10.000 ‘machacantes’, Tyson también se alquila como figurante de cualquier fiesta privada que quiera contar con él. Su miseria es pública. El principio de su fin se produjo una noche de 1990, en Tokyo. La noche en que James ‘Buster’ Douglas humanizó a la bestia y pasó a la historia como el primer hombre capaz de derribar a ‘King Kong’.

Fuente: www.jotdown.es


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