martes, 4 de junio de 2013

ESPECIALES - LOS BAD BOYS DE DETROIT (1984-1992)





MALICIA EN MOTOWN



Los Pistons de Detroit construyeron un equipo a lo largo de la década de los 80 que marcó una época. La franquicia fue poco a poco adquiriendo a grandes jugadores en el Draft (Isiah Thomas en el 81, Billy Laimbeer en el 82, Joe Dumars en el 86) y haciendo buenos fichajes de hombres de equipo: Vinnie Jonhson, Ricky Mahorn, Mark Aguirre.

Se les recordará por su dureza y agresividad defensiva, gracias a la cual se les bautizó "Bad boys". Y es bien cierto que eran duros; es más, alguno de ellos era un auténtico macarra provocador. Probablemente el peor de todos era Ricky Mahorn, un armario poco dotado para el baloncesto pero increíblemente ducho en las artes de la provocación. Incluso llegó a sacar de sus casillas al Laker James Worthy en unas finales. Billy Laimbeer tampoco se le quedaba a la zaga. Sin embargo, el center titular del equipo se ajustaba mejor a la definición de tipo duro y rocoso. Pegaba, pero pegaba de frente.

El entrenador de ese equipazo fue Chuck Daly, que revolucionó la forma de jugar en la Liga profesional norteamericana por dos motivos: apostó fuerte por la defensa yendo en contra de la tendencia de entonces en la que los marcadores 140 a 130 eran frecuentes y, fundamentalmente, empleó a 8 ó 9 jugadores de forma habitual, haciendo que todos ellos se sintieran importantes y aportaran al equipo. Gente como un jovencito y algo tirillas Dennis Rodman mostrando su fiereza y competitividad, el enigmático John Salley con su tatuaje de una tela de araña, el achaparrado Vinnie Johnson (apodado "el microondas" por su forma eléctrica de romper los partidos) o el larguísimo Adrian Dantley. 

La única excepción a esta reunión de tipos duros fue Joe Dumars, un elegantísimo escolta con un tiro demoledor y, su cualidad menos reconocida, un extraordinario defensor. Consiguió el MVP de las primeras Finales que ganaron, siendo el segundo para I. Thomas. Era un jugador sobrio, frío, constante, competitivo, discreto...una estrella con alma de francotirador, absolutamente demoledor para las defensas rivales.
 
Los Detroit Pistons hicieron de bisagra para entre dos etapas bien concretas en la historia de la mejor Liga de baloncesto del mundo, y sin embargo siguen siendo un equipo reconocidísimo pese a que quizá lo normal hubiese sido que, con el paso del tiempo y debido a la luz que desprenden los predecesores y sucesores su recuerdo se hubiera ido difuminando.

Con un estilo perfectamente reconocible, que representaba a las mil maravillas la idiosincrasia de la ciudad de Detroit, basado en una agresividad -muchas veces fuera de la ley-, en el esfuerzo, en una férrea defensa durante 48 minutos y sin guardarse ni una sola gota de sudor durante todo el partido, aquellos Bad Boys pusieron fin, no sin esfuerzo ni piedras en el camino, a una hasta entonces penosa historia del equipo de la Motown, desde su llegada a Detroit en 1957.

Dieron un primer aviso a los poderosos verdes cuando en 1987 forzaron el séptimo partido de la Final de Conferencia, en una serie marcada por aquella genialidad de Larry Bird robando un balón a isiah Thomas en el quinto duelo. Un disparo mortal para los imberbes Pistons, que se veían con un pie dentro de la Final, hasta que el orgullo céltico acabó sacándoles los dos.

Aquel equipo estaba comandado por un pequeño genio y líder absoluto que respondía al nombre de Isiah Thomas, por un anotador reconocido como Adrian Dantley y por un tipo duro que imponía su ley bajo tableros a fuerza de golpes, aunque no estaba exento de calidad, llamado Bill Laimbeer. Poseían además una característica que les diferenciaba del resto y que creó una tendencia. Ellos pusieron de moda las rotaciones larguísimas, las plantillas eternas y el valor real a los suplentes, más allá del típico sexto hombre.

Aquellos Pistons lograban mantener toda la intensidad gracias a contar hasta con nueve jugadores con un papel importante en el juego. Thomas, Dumars, Vinnie Johnson, Dantley (Aguirre), Rodman, Salley, Mahorn, Edwards y Laimbeer formaban un grupo compacto en el que todos eran conscientes de su papel exacto dentro del grupo y en el que cada uno cumplía con su misión a la perfección. Una maquinaria perfecta. Y todos ellos bajo la tutela de un Chuck Daly idolatrado por cada uno de sus hombres y que en muchos casos hacía las veces de padre para llevar a sus chicos por el buen camino… fuera de la pista, ya que dentro de ella lograba sacarles el 100% costara lo que costara.

Los Detroit Pistons de finales de los años 80, atrajeron a muchísimos seguidores que buscaban una boya donde agarrarse entre la marea verde y amarilla de la época, y es curioso y admirable que muchos de los entonces jóvenes aficionados que optaron por hacerse fans –rebeldes en contra del poder establecido-, siguen guardando fidelidad a esos colores pasadas algunas décadas, y defendiendo a los suyos a capa y espada pese a los malos tiempos que les toca vivir actualmente.

En una liga donde lo individual predomina sobre el conjunto, los Detroit Pistons consiguieron ser un equipo, un todo que zarandeó hasta aplastar la hegemonia de Celtics y Lakers en la década de los '80. Thomas, Dumars, Vinnie Johnson, Dantley (Aguirre), Rodman, Salley, Mahorn, Edwards y Laimbeer. Cada uno tenía su papel dentro del equipo. Claro e inconfundible, sin dudas. Y todos tenían un mismo objetivo, que no les sobrara una gota de sudor al final de cada partido. Los Bad Boys comenzaron con la llegada de Isiah Thomas a la ciudad de Detroit en 1981, al año siguiente se le unieron Bill Laimbeer y Vinnie Johnson. Tras caer con los Knicks (1984) y los Celtics (1985) en playoffs, el equipo se dio cuenta de lo que podría llegar a hacer. Ese curso se alistaron en las filas de los Pistons Joe Dumars y Rick Mahorn pero la derrota en las rondas finales ante Atlanta hicieron cambiar su estilo y empezar a basar su juego en una defensa impenetrable.

En 1987 llegaron los que faltaban: Dennis Rodman, John Salley y Adrian Dantley. Su nivel en defensa traspasaba los límites de la legalidad, adaptaron lo que era la ciudad de Detroit, delincuencia y la ley de la calle, a una pista de baloncesto. Todos juntos comenzaron a formar un grupo rudo, a nadie le gustaba ir a Detroit para ver la cara a Laimbeer, Thomas y compañía... Lo normal es que salieran derrotados, con moratones y con la sensación de no haber podido hacer nada. Para 'llevar' a toda esta jauría de jugadores por una línea aceptable, que no hubiese peleas en el vestuario fue imprescindible la figura de Chuck Daly, un padre dentro y fuera de la pista para todos ellos. Los Pistons paraban a sus rivales de cualquier manera, si no era Rodman, era Dumars, o si no el propio Isiah Thomas, ese genial base que mantuvo una rivalidad preciosa con Magic Johnson. Todos se ponían el mono de trabajo, todos sabían sus carencias y entre el equipo las disimularon hasta convertirse en casi imbatibles a finales de los '80. En 1987 alcanzaron las finales de la Conferencia Este, ante los Celtics de Larry Bird. Con 2-2 en la serie y el partido casi ganado a falta de unos segundos, un robo de Larry Bird propició la derrota que terminaría de hacerles cambiar el chip.

Al año siguiente se vengaron de Boston con un 4-2 y se encontraron por primera vez en la historia de la franquicia en unas finales de la NBA. Los Bad Boys estaban preparados para acabar con la hegemonía de los Lakers. La serie se puso de cara para los Pistons (3-2) y estaban preparados para cerrar la serie en Los Ángeles. Isiah Thomas, con una lesión en el tobillo, anotó 25 puntos en el tercer cuarto, pero unos tiros libres de Kareem Abdul Jabbar tras una falta que Bill Laimbeer calificó de 'falta fantasma' dio el triunfo al equipo angelino (103-102). En el séptimo partido emergió la figura de James Whorty y el anillo fue para los Lakers. Al curso siguiente, todo fue distinto. El cambio de Mark Aguirre por Adrian Dantley hizo que los Bad Boys ganasen 63 partidos en temporada regular y barrieran en las finales a unos Lakers sin Byron Scott (en toda la serie) y con Magic Johnson jugando a medio gas por una lesión.

Los Pistons ya eran campeones pero quedaba lo más difícil por hacer, mantener el equipo, repetir aquella temporada y volver a ganar el anillo. En 1990, los Bad Boys se quedaron en 59 triunfos en temporada regular y se encontraron en las finales del Este con los Chicago Bulls de Michael Jordan. La serie fue hasta el séptimo partido en el que ganaron por 93-74 dando una clase magistral de defensa. En las finales esperaban los Portland Trail Blazers. La serie dejó Detroit con un 1-1 que invitaba a las dudas porque los Pistons no ganaban en Portland desde 1974... Pero tres partidos y tres victorias (una canasta de Vinnie Johnson a menos de un segundo para el final en el quinto) les dieron el segundo anillo.

Pero la progresión de los Bulls de Michael Jordan les barrería al año siguiente con un 4-0 que escoció demasiado como para volver a levantarse. Thomas, Aguirre y Laimbeer abandonarían el pabellón antes de que acabase el partido. La herida era grande y caer de esa forma fue muy doloroso. En 1993, Isiah Thomas se retiró, al año siguiente Laimbeer hizo lo mismo y los Pistons cometieron un error tras otro en los traspasos ( Edwards, Johnson, Salley y Rodman) hasta desmantelar el equipo y cerrar la mejor época de los Pistons con un balance de 20-62 en 1994. Los Bad Boys juntaron la genialidad de muchos de sus jugadores con la virtud de que nadie era imprescindible. Todos se sacrificaban por el conjunto. Sólo podrá haber unos Bad Boys en la NBA y esos 'chicos' jugaron en Detroit.

Pasados catorce años del segundo título de la franquicia, los Pistons se enfundaron su tercer anillo sorprendiendo a los Lakers del Fab Four, y con unas señas de identidad casi clónicas a las de los originales Bad Boys. Dureza, defensa, rotación larguísima, un líder en el puesto de base y un entrenador veterano y experimentado dieron fruto a un equipo rudimentario y efectivista, sin belleza estètica, pero ferzomente implacables. Tuvieron un buen espejo en el que mirarse.

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