martes, 5 de noviembre de 2013

ARTÌCULOS - LA REEDICIÒN DE "EL COMBATE" DE NORMAN MAILER, I (por Quique Peinad, Revista Rolling Stone)







"La pelea que cambió el mundo"




Hablar del Rumble in the jungle, la pelea Ali-Foreman de 1974, es hacerlo de política, de raza, de literatura, de historia, de religión y de deporte. Nunca dos tipos subidos al ring significaron tanto. Y nunca un combate de boxeo fue mejor contado.

El 30 de octubre de 1974 tuvo lugar en el Estadio 20 de Mayo de Kinshasa, Zaire (hoy República Democrática del Congo), uno de los combates de boxeo más célebres de la historia del pugilismo. Enfrentó al vigente campeón de los pesos pesados, George Foreman, un púgil de una agresividad e instinto asesino sin parangón, y al que probablemente fue el más grande boxeador de todos los tiempos y un icono del siglo XX, Cassius Clay, rebautizado como Muhammad Alí.

Norman Mailer, padre del Nuevo Periodismo y una de las voces más poderosas de la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo pasado, relata con maestría el enfrentamiento que se disputó en el seno del imperio africano del feroz y megalómano dictador Mobutu, en pleno «corazón de las tinieblas», que Joseph Conrad inmortalizó en su novela.

Mailer, en calidad de reportero, asiste a los preparativos del combate, lo que le permite ser testigo de excepción de los duros entrenamientos y retratar al séquito de excéntricos entrenadores y sparrings que acompaña a los púgiles, incluido al promotor en ciernes Don King y a otros reporteros desplazados como George Plimpton o Hunter S. Thompson. Pero, sobre todo, Mailer logra establecer una relación de proximidad tanto con Foreman como con Alí y conocer de primera mano las tensiones, miedos y anhelos que laten en su interior.


El combate es también el del propio Mailer con la literatura, el de un escritor ambicioso que, con su inconfundible estilo armado de barrocas metáforas y un humor visceral e insobornable, lucha por hacer el retrato definitivo de un combate de boxeo; tanto de las dudas, flaquezas y arrogancia desmedida de sus protagonistas, como de la dureza e intensidad de la pelea —que dejó a ambos púgiles al borde de la extenuación—, así como del entorno de excepción en el que se disputó el combate —un Zaire depauperado de tradiciones ancestrales en el que irrumpe el opulento despliegue mediático que cubre el evento—, dando rienda suelta a su incombustible y polémica mirada presidida por un ego apenas superado por el de Muhammad Alí.


Cuando George Foreman cae al suelo, al final del octavo asalto, su guante izquierdo intenta agarrarse al cuerpo de Muhammad Ali, el hombre que le acaba de derribar. Esa mano es su último asidero a la vida, y el tronco de su verdugo es su única esperanza de mantener la verticalidad, la consciencia y la dignidad. La mano, sin fuerza, no llega a enganchar la cintura de Ali, en la mayor muestra de la derrota. El vencedor lo ve caer, tan a cámara lenta que parece una ensoñación colectiva, y carga un golpe más en su metralleta que deja sin disparar. No hace falta. George Foreman, el invicto en 40 peleas, el terrorífico pegador que podría derribar el Empire State Building a puñetazos si se entrenara lo suficiente, cae a plomo, pierde un combate. Y el título universal de los pesos pesados. Pierde el mundo.

Podríamos estar hablando y escribiendo toda una vida de los 15 segundos que acabaron con Foreman, así que imagínense todo lo que se podría hablar y escribir de todo lo que rodeó a ese 30 de octubre de 1974. Bueno, no lo imaginen: solo hay que leer El combate, la obra maestra del padre del Nuevo Periodismo, Norman Mailer, por fin traducida al castellano, para entenderlo. Posiblemente es el texto sobre boxeo más brillante jamás escrito. Porque Mailer lo tenía todo y el combate también lo tenía todo.
Foreman era un tanque, una máquina de arrasar rivales con golpes que te estallaban el tímpano solo con oírlos impactar en el saco. En sus últimas ocho peleas nadie le había aguantado más allá del segundo asalto, y por allí no habían pasado cualquieras, porque la nómina de caídos la engordaban Ken Norton o Joe Frazier.

Ali estaba acabado. O eso decían. Lo de picar como una avispa se podía discutir, pero lo de volar como una mariposa se había terminado. Ya estaba viejo y parecía otro tronco que caería talado por Foreman.

El combate, celebrado a mayor gloria del dictador Mobutu Sese Seko en Kinsasha, Zaire (los púgiles pelearon en el Estadio 20 de Mayo a las tres de la mañana para que se pudiera ver en directo en los Estados Unidos), era además la consagración de que el poder negro que Ali abanderaba junto a Malcolm X y la Nación del Islam podía tomar el mundo. Por eso, en Zaire, los locales, imbuidos en la revolución autárquica que planteaba Mobutu -cuyo nombre significaba ‘El Guerrero Todopoderoso’-, apoyaban a Muhammad Ali con el famoso grito “Ali bomaye”, “Ali mátalo”. Por eso, la electricidad que envuelve la pelea, los fanáticos y emocionados gritos cada vez que Ali golpeaba a su rival, el significado político del evento, las personalidades dispares de los púgiles, la sensación de ver algo que paró el universo, confieren a esta pelea la condición bien ganada de combate del siglo.

Ali levanta los brazos, el ring se llena de gente, unos extraños tipos bailan en el cuadrilátero. Ali se cae al suelo, roto de cansancio. Foreman, grogui, desaparece. En el Estadio 20 de Mayo se apagaron los focos y la vida siguió. Pero nunca volvió a ser la misma.



Archivo Fuente: Revista Rollling Stone España, Julio de 2013

Link:http://www.google.com.ar/url?q=http://rollingstone.es/specials/view/la-pelea-que-cambio-el-mundo&sa=U&ei=qvR4Up-3HozQqwHs6oHgAg&ved=0CBwQFjAA&sig2=3hdTubfJdNY9Bo5g7uz1CQ&usg=AFQjCNEJJh36lbEcwuUruBBg9dlr25y6dg


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