lunes, 31 de marzo de 2014

ESPECIALES - "EL COMBATE DEL SIGLO" (1910) por Jack London









UNA CUESTIÒN DE HONOR
VIOLENCIA, CENSURA Y RACISMO EN EL PUGILISMO




"El boxeo es uno de esos entretenimientos que se distinguen por su valor moral y físico y que promueven valores como el coraje, el autocontrol o la resistencia". - Theodore Roosevelt.




"El combate del siglo" recoge una serie de crónicas realizadas por Jack London en el verano de 1910, con motivo del combate de boxeo que tuvo lugar ese año entre James J. Jeffries y Jack Johnson. Este encuentro pugilístico constituyó un acontecimiento deportivo histórico, pues se interpretó como una lucha entre las razas blanca y negra.

  No es necesario saber de boxeo para disfrutar esta crónica. London consigue con una prosa fluida y detallada narrarnos los días previos al combate consiguiendo aumentar el interés hacia el mismo e incidiendo en los motivos que lo convirtieron en un evento tan importante. Las especulaciones del periodista sobre cómo se desarrollará el encuentro nos acercan a la psicología de ambos boxeadores, algo esencial para comprender plenamente el propio combate.

Además, nos ofrece una descripción del boxeo con la que disipa posibles prejuicios al respecto. No es algo superficial, escribe London, no es un capricho puntual, “Es una pasión instructiva de nuestra raza”. Y continúa: "Nos gusta luchar: es nuestra naturaleza. Somos existencias que pertenecen a un mundo real, y debemos aceptar la realidad de nuestra naturaleza con toda su emoción si queremos vivir acordes con el mundo”. No sólo eso, además, el boxeo es un deporte justo, limitado por restricciones éticas y en el que prima el juego limpio. No obstante, el combate entre Jeffries y Johnson desencadenó una espiral de censura y disturbios racistas, que son analizados por Barack Y. Orbach en un artículo también incluido en esta obra.

Por su capacidad de narrar acontecimientos asombrosos, y curtido por un sinfín de hazañas propias y ajenas en sus periplos de buscador de oro (así como extractor de personajes impagables), Jack London fue enviado por el New York Herald a cubrir el esperadísimo enfrentamiento entre los púgiles Jim Jeffries, la gran esperanza blanca, frente al entonces campeón mundial de los pesos pesados, Jack Johnson, “el gigante de Galveston”. La fecha señalada, el día de la Independencia de 1910, la nación esperaba despertar de la pesadilla que suponía que el campeón fuera negro, y en ese combate se imponía la necesidad de que Jeffries pusiese las cosas en su sitio natural.

Este es el hecho, pero London es mucho London, y durante los diez días que precedieron al famoso combate se encargó de ir preparando a sus lectores para lo que habría de venir. Detalló minuciosamente la expectación, el ansia como de un adicto antes de la llegada de los contrincantes a Reno, lugar de la pelea. Defendió el deporte con un convencimiento apabullante (dispuesto aunque fuera el único en hacerlo en todo el mundo), y se interrogó desde su columna por el sentido del mismo, del “objetivo sencillo de ver, mediante los golpes de sus manos enguantadas quién puede derribar al otro con suficiente fuerza como para que permanezca diez segundos consecutivos en el suelo. Y ¿por qué quieren hacer eso? Por el honor, la fama y un premio de cien mil dólares”.

 En cualquier deporte es difícil encontrar libros que vayan más allá del propio deporte. Dejando aparte el que nos ocupa, probablemente el acercamiento más interesante sea Del boxeo, de Joyce Carol Oates, donde con su prosa clínica nos transmitió la angustia de la repetición de los golpes secos en el rostro o el torso: “El boxeo, como la imagen de un sueño o una pesadilla, opone un yo contra un yo, un gemelo contra un gemelo idéntico, como en el útero, donde la dominación, el más misterioso de los apetitos humanos, se expresa por primera vez. Sus más característicos momentos de éxtasis —el acercamiento al KO, el KO, la posterioridad al KO, y gracias a las repeticiones de la televisión, todo el episodio revivido a cámara lenta como en la privacidad de un sueño— son indistinguibles de la obscenidad, el horror”.

Es más goloso el cine, desde luego. De hecho, una de las primeras películas que se conservan, de 1894, es la grabación en quinetoscopio de uno de los mitos del deporte: Leonard contra Cushing, él contra él, dos tipos que se aíslan del mundo para ver quién hace que vuelen más estrellas sobre la cabeza del otro. En la crónica de Jack London, se dan por conocidas las impresiones primeras del aficionado recién llegado: el olor a sudor y la humedad, el rugido de las gradas, el humo y el sonido de los golpes, la redención de un alma acabada recibida a puñetazos sobre el cuadrilátero, el guante contra la carne, panoplia de piel para los contrincantes, la aparición del árbitro para asegurar cierta ética que se ha mantenido desde que los griegos hicieron olímpico el festival de tortas sobre la arena.
 

El combate en sí no da consistencia a un relato. Al fin y al cabo, como el mismo London afirma, este es un deporte que está en nuestra naturaleza, y es justo. La justicia nunca dio buena literatura, ese terreno donde la humanidad ajusta cuentas. En ese enfrentamiento tenemos un choque de trenes y dos formas de entender el tema: la mole experimentada llamada Jeffries, duro como una roca, y el esquivo y charlatán Johnson, con su sonrisa de dientes de oro y la sangre de su labio partido, pero de buen rollo; el autor resume en una frase todo el libro, y de paso el deporte entero: “lo que me provoca más curiosidad es ver qué  ocurrirá cuando estos dos hombres de robustos hombros se unan en un abrazo”.

Tenemos el evidente conflicto racial que se explica con claridad meridiana en el artículo de Orbach que se incluye en el volumen. Tenemos la relación del boxeo con el periodismo, en una época en que los periodistas eran reporteros, que trasnochaban y se convertían en detectives de pacotilla, bebían como cosacos y creían en los rumores tanto como en la información confirmada, recordándonos con una sonrisa los piques entre Muhammad Ali y Howard Cosell, y con un estupor amargo la parte de Fate en 2666, donde la efervescencia ante un importante combate de un tal Pickett deja la ciudad con las defensas bajas ante un problema más grave. Pero esto lo tienen todos los deportes mayoritarios, que absorben nuestras conciencias, y aquello que acontece en un terreno de juego delimitado y con mil reglas a discutir toma categoría de asunto de estado.

London comenzó a enviar sus crónicas diarias desde Reno 11 días antes del combate. Nevada era entonces el único estado donde se podían organizar combates, pero la expectación era máxima en todo EEUU. "En ninguna guerra, en ningún lugar, se ha congregado nunca tal número de escritores e ilustradores", escribió London el 23 de junio. Según se acercaba el día decisivo, el autor de Colmillo blanco y La llamada de la selva, iba poniéndose más nervioso. En su crónica del 28 de junio aseguró sentir "un deseo tan abrasador de presenciar este combate, que hay momentos en los que me asalta el súbito miedo de que no tenga lugar, de que algún enorme terremoto lo impida. Porque tengo tantas ganas de ver el combate que resulta doloroso". 


Para entender el ansia del escritor (y de toda una nación), hay que remontarse unos años atrás. Jim Jeffries se había retirado invicto y en la cima de su popularidad en 1905. Lo había avisado dos años antes: "Cuando no haya más hombres blancos contra los que luchar, dejaré el boxeo". Es decir, no tenía intención alguna de pelear contra un negro. 

Desde entonces, la guerra dialéctica entre el campeón Jeffries y el aspirante Johnson se recrudeció. A cada provocación del boxeador negro, el blanco respondía con argumentos como "he dicho que no pelearé con un hombre de color, y no cambiaré de opinión" y "no creo que el público quiera que defienda el título si no es con un blanco. No crea que tengo miedo de un negro. Puedo machacarlo igual que a cualquiera". Johnson contraatacó en noviembre de 2007: "Jeffries tiene miedo".

Pero la presión social sobre el boxeador blanco se disparó cuando, en diciembre de 1908, Johnson se convirtió en el primer campeón negro de los pesos pesados tras noquear a Tommy Burns en Sydney. El 1 de mayo de 1909, Jim Jeffries sucumbió al clamor popular. "Me siento obligado ante el público deportivo a hacer al menos un esfuerzo por recuperar los pesos pesados para la raza blanca. Lo correcto es que entre de nuevo en el cuadrilátero y demuestre que el hombre blanco es el rey".

La América tradicional estalló de júbilo. Por fin alguien iba a darle una lección a ese negro que no sabía comportarse. Johnson, hijo de esclavos emancipados, no contento con haberse convertido en el dominador del ring, salía con mujeres blancas. Era lo que entonces se llamaba un mal negro por rebelarse contra las normas discriminatorias vigentes entonces. El Mohamed Alí de la época. "Cumplía a la perfección los requisitos del mal negro y, lo peor de todo, menospreciaba el peligro y los tabúes interraciales. Para colmo, era inteligente, atractivo, expresivo, no había sido derrotado y derribaba a sus rivales blancos. En los racistas EEUU de principios de siglo, Johnson era el mal negro por excelencia", razona Barack Y. Orbach, profesor de Derecho en la Universidad de Arizona, en un artículo incluido en El combate del siglo.

Todo estaba listo, por tanto, para devolver el cetro mundial al lugar de donde nunca debió de haber salido. Jeffries ganaba en las apuestas de un modo abrumador. El propio Jack London apostó su dinero a la victoria del luchador blanco. Pero, ¡ay!, Johnson metió una tunda histórica a Jeffries, destruyendo las "poco realistas ilusiones xenófobas de que un exluchador con sobrepeso y en malas condiciones físicas podía superar a un campeón invicto en el culmen de su juego", cuenta Orbach.
Un izquierdazo con la fuerza de un terremoto acabó con los sueños depositados sobre la gran esperanza blanca. El puño negro de Jack Johnson no sólo tumbó en el decimoquinto asalto a Jim Jeffries, sino que dejó sonado a todo un país. Jack Johnson retuvo su título de campeón de los pesos pesados el 4 de julio de 1910. Y lo hizo sin perder la sonrisa."Una vez más Johnson ha conseguido derrotar al representante de la raza blanca, y en esta ocasión al mejor de todos ellos. El juego ha pertenecido a Johnson. Desde el inicio hasta el final mantuvo la agudeza, el intercambio de agudas réplicas con los asistentes de su contrincante y con los espectadores. Exhibió su dorada sonrisa [tenía dientes de oro] con la frecuencia acostumbrada, y no se le congeló en el rostro ni desapareció", escribió London en el arranque de su crónica del combate.

A la América blanca, por contra, se le heló la sonrisa y le hirvió la sangre. Al menos 20 negros y unos pocos blancos murieron las noches siguientes en los disturbios raciales provocados, en su mayor parte, por frustrados hermanos de raza del derrotado Jim Jeffries. "El golpe que derribó a la gran esperanza blanca conmocionó a la nación, suscitó funestos disturbios raciales, y provocó una de las olas de censura cinematográfica más inquietantes de la Historia de América", explica Orbach.

En efecto, los días siguientes al combate, una "avalancha legal" llegada de numerosos estados y municipios "sepultó los derechos de los negros". La exhibición del combate, que iba a empezar a mostrarse en cines de todo EEUU, fue prohibida alegando que podía provocar alteraciones del orden público. El Washington Post respaldó el veto al filme, impulsado desde los estados del sur, para "evitar que se eche leña al conflicto racial al proyectar imágenes de un negro golpeando al campeón mundial blanco". Orbach apunta a otros motivos para explicar la prohibición: "Censurar la supremacía negra de uno de los mayores atletas de la historia, Jack Johnson. Las viejas objeciones moralistas al boxeo se combinaron con el pánico racista al deterioro del estatus del hombre blanco".


"El combate más grandioso del siglo ha sido un monólogo que un negro sonriente, que no ha dudado ni un segundo, y que no ha tenido que ponerse serio más de una vez, ha ofrecido a 20.000 espectadores", escribió Jack London (San Francisco, 1876-1916) en una de sus crónicas para el New York Herald, que la editorial Gallo Nero publicará los primeros días de mayo, por primera vez en España, bajo el título El combate del siglo.

Johnson, amenazado por el Ku Klux Klan, pagó con creces su osadía de hacer besar la lona al gigante blanco. Tras el combate, fue detenido e interrogado varias veces acusado de saltarse la Ley Mann de 1910, que impedía a un hombre llevarse una mujer a otro estado con propósitos "inmorales". Finalmente, en 1912 fue condenado a prisión. Tras exiliarse a Europa, acabó regresando a EEUU en 1921 para cumplir una pena de cárcel de nueve meses. Tuvieron que pasar dos décadas antes de que se permitiera otra vez a un negro competir por el título de los pesos pesados. El boxeador se llamó Joe Louis. Y tuvo que firmar un contrato en el que se especificaba cómo debía comportarse en caso de convertirse en el rey de los cuadriláteros.



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