Sucedió durante el último día de una tanda de tests de tres días en Monza, en septiembre de 1990. El primer día pregunté a Ayrton si podíamos hablar, mantener una conversación que yo grabaría y utilizaría como material de base para un perfil suyo que se incluiría en mi próximo libro, Grand Prix People, Revelations From Inside The Formula 1 Circus. Le expliqué que ya había hablado con más de 100 personas para recopilar información para mi libro y que era importante que él figurara en el mismo. Me contestó que quizás podría ayudar y me sugirió que esperásemos a ver si surgía la oportunidad. 

Me mantuve en un segundo plano durante dos días, a la espera de una respuesta, con la esperanza de que mi persistente presencia le haría entender la importancia que este proyecto tenía para mí. El tercer día, la fuerte lluvia interrumpió la última tanda de tests y Ayrton estaba sentado en un coche de alquiler detrás del box de McLaren con su amigo y compañero de equipo Gerhard Berger. Les vi mirándome y manteniendo una conversación durante la cual supongo que Gerhard, quien me conocía, abogó por mi sinceridad. Ayrton me hizo una seña para que me acercara al coche y sugirió que nos encontráramos bajo el toldo junto a la autocaravana de McLaren, en el paddock.

Nos sentamos en una mesa bajo el toldo, los dos solos, en una época en la que el personal de relaciones públicas no sentía la necesidad de proteger a los pilotos de periodistas inquisitivos. Su encantador agregado de prensa, Betise Assumpcao, no asistió a los tests. En cualquier caso, Ayrton siempre tenía la última palabra sobre con quién quería hablar y cuándo.

Comencé guiando la conversación con un par de preguntas cortas, algo que se volvió cada vez más innecesario a medida que Ayrton se empezó a explayar de manera poética sobre unos temas que le resultaban cercanos y preciados. Tenía 30 años, pero aún recordaba vivamente cómo solía temblar de emoción con 13 años justo antes de ver la retransmisión de F1 desde el salón de la familia Senna en Sao Paulo (normalmente el domingo por la mañana temprano, debido a la diferencia horaria) y cómo le sudaban las manos y su corazón se aceleraba al ver a sus héroes en acción. Cuando empezó en las carreras de karts, era tal su inspiración por Villeneuve, Fittipaldi, Lauda, que en su imaginación se convirtió en uno de ellos, hasta que comenzó a desarrollar su propia identidad detrás del volante. Comentó que aún sentía esas sensaciones de expectación de la infancia antes del inicio de una carrera, aunque pronto fueron remplazadas por las exigencias físicas y mentales de conducir un coche de F1.

Me contó que se sentía obligado a poner todo su ser en la conducción, en su vida, y que era agotador. Sin embargo, mientras conducía había momentos en los que le poseía una especie de poder superior que le transportaba a otro nivel. Me dijo que tenía que contarme un caso en particular en el que sucedió algo así. Entonces, empezó a describirme con detalle su experiencia espiritual durante la clasificación de Mónaco en 1988. Era como si nunca antes hubiera hablado de ello, estaba totalmente exaltado al revivir la experiencia. Se reclinó en su silla, adoptando una postura de conducción, agarró un volante imaginario y cerró los ojos intentando transmitir el estado de trance que le había impulsado a ir cada vez más y más rápido. Una vez terminada su evocadora descripción, se estremeció ligeramente y suspiró en voz alta como si recordar la experiencia de una manera tan vívida le hubiera dejado exhausto. Se me puso la piel de gallina al escucharlo y me preocupaba que quizás se había dejado llevar excesivamente o que había dado demasiada información.

No obstante, su voz se suavizó, sus ojos miraban al horizonte y empezó a hablar de manera elocuente sobre su vida en general, sobre cuánto le gustaban los niños, lo que le hacía feliz en una mujer y sobre cómo esperaba un día poder formar su propia familia. Habló de cómo sus profundas convicciones religiosas le convirtieron en una mejor persona. Se agitó al recordar cómo fue ridiculizado cuando se hizo pública su devoción por Dios y algunos rivales (en especial Prost, cuyo nombre nunca mencionó) le consideraban un loco peligroso por pensar que el Señor era su copiloto. Ayrton insistió en decir que esto era absurdo, ya que él era muy consciente de los peligros existentes y se valía de este conocimiento como medio de defensa.

Dijo que lo peor de su profesión era tener que aguantar a gente que no le gustaba. Uno de los que encabezaban su lista negra era Jean-Marie Balestre, presidente de la FISA quien, según Ayrton, estaba en contra suya hasta un punto ridículo, favoreciendo a Prost. Ayrton, con un firme destello en sus ojos marrones tostados, recordaba cómo sus críticas públicas y profanas sobre Balestre y la FISA en 1989 hicieron que tuviera que pedir disculpas o de lo contrario perdería su licencia para correr. Confesó que había “estado a una llamada de abandonar el deporte”. Solo volvió por el bien de los empleados de McLaren (no por los adinerados jefes del equipo) quienes dependían de él para subsistir.

Lo que más me sorprendió durante nuestra entrevista fue hasta qué punto se implicó en la misma, cuánto se esforzaba en no limitarse a responder a una pregunta sino en profundizar en la misma, usándola como un trampolín para meditar atentamente sobre numerosos temas. Por encima de todo se encontraba su excelente capacidad de articular sus pensamientos y sentimientos en inglés, un idioma muy lejano a su portugués nativo. No cabía duda de la profundidad de su convicción y pasión y hubo varios momentos de sentida emoción. En algunas ocasiones se quebró su voz, temblaron sus manos, se le empañaron los ojos. Y, a medida que nuestra entrevista se acercaba a la línea de meta, acabó entre lágrimas.

Se corrió la voz en el paddock de que el magnífico Ayrton Senna estaba sentado bajo el toldo en la autocaravana de McLaren, y una multitud de espectadores se agrupó fuera, bajo la lluvia. Ayrton les observó atentamente durante un tiempo y, finalmente, hizo una seña a uno de los seguidores para que se acercara a nuestra mesa. El hombre, con timidez, obsequió a la superestrella con varios regalos, entre los que se encontraba una escultura de cerámica con el nombre de Senna y un pastel que le había cocinado su mujer. El seguidor le explicó, de manera respetuosa y en portugués, que el piloto brasileño era el ídolo de su familia. Ayrton se deshizo en agradecimientos, puso sus brazos alrededor de él y le abrazó.

Ayrton estaba profundamente conmovido y, con la reanudación de nuestra entrevista, soltó una lágrima. Empezó a hablar más lento, pausando más a menudo, pensando en voz alta mientras intentaba poner en perspectiva el encuentro con su seguidor. Dijo que probablemente ese sería uno de los mejores días de la vida de ese hombre. Estaba impactado con el hecho de que ese hombre, a quien no había conocido antes, había viajado hasta Monza para entregarle esa obra de arte... y un pastel hecho por su mujer... todo hecho por sus propias manos. Ayrton enmudeció por un instante, tras lo cual comenzó a describir sus sentimientos… a describir cómo los regalos de sus seguidores le hacían sentirse avergonzado y humilde… esto le recordó la responsabilidad que tiene un piloto con sus seguidores y demostró los sentimientos tan profundos que tenían hacia uno mismo, a pesar de que solo le hayan visto en la televisión o leído sus entrevistas. Con la llegada del fin de nuestra entrevista (habíamos hablado durante casi una hora), Ayrton concluyó con las siguientes palabras...

“En muchos sentidos para la gente no somos una realidad, sino un sueño. Es algo que se queda grabado en tu mente. Te muestra hasta qué punto puedes tener un impacto en la gente. Y, por mucho que intentes dar algo a esa gente, nunca será nada en comparación con lo que ellos experimentan en su mente, en sus sueños sobre ti. Y esto es algo muy especial…algo muy, muy especial para mí”.

Tras esta entrevista, Ayrton hizo todo lo posible por acceder a mis peticiones, algunas de las cuales suponían una invasión de su privacidad en momentos críticos. Uno de mis encargos para una conocida revista era preguntarle sus últimos pensamientos justo antes del inicio de cada carrera. Pasara lo que pasara, independientemente de a cuánta presión estaba sometido, Ayrton siempre me llevaba a una esquina del garaje para que grabara algunas palabras justo antes de ponerse su casco, concediendo declaraciones memorables que, como era consciente, apreciarían enormemente sus seguidores. Afortunadamente, ya no trabajaba en este encargo en el terrible día del 1 de mayo de 1994.


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