¿De verdad hace ya 20 años? Mi cabeza me dice que sí – porque 2014 menos 1994 es igual a 20 – pero mi corazón apenas puede creerlo. Parece como si fuese ayer cuando me enteré de la noticia, en el Circuito Internacional de Michigan, donde había empezado una prueba de Indycar con un tanque completamente lleno. El jefe de equipo me interrumpió y me pidió que fuese a los garajes del pit de Penske para pasarme una llamada de teléfono, en la que mi mujer me dijo que Ayrton Senna había fallecido en Imola.

Ya he escrito una entrada de blog en http://es.mclaren.com/formula1/ sobre Ayrton, pero hoy quiero decir algo más sobre él. Quiero intentar describir todo lo que supuso su muerte – y lo que supone aún hoy – para la Fórmula 1, para Brasil y para mí. Pero primero quiero volver al domingo 7 de abril de 1968. Yo tenía 21 años, aún vivía en Sao Paulo. Me estaba preparando para competir con un coche que había diseñado yo mismo, el Fitti Prototipo, en los 1000 km de Brasilia, el siguiente domingo, y que compartía con mi amigo Lian Duarte.

Nunca había estado en Europa, pero mis héroes eran todos europeos: Graham Hill, Jackie Stewart y Jim Clark. Y aquel día – el domingo 7 de abril de 1968 – mi padre, quien era reportero de deportes para la TV y radio brasileñas, se enteró de que Clark había muerto en una carrera de Fórmula 2 en Hockenheim aquella tarde. Cuando me lo dijo, me impresionó sobremanera – y, cuando 26 años más tarde me enteré de la desaparición de Ayrton, y a pesar de que tenía 47 y no 21 años, me quedé en el mismo estado de shock.
Cuando la gente del mundo de las carreras habla sobre el deporte, y cuando el tema de conversación es sobre quién fue el mejor de todos los tiempos, los nombres de Clark y Senna salen más que los de cualquier otro piloto, compitiendo quizá también con Juan Manuel Fangio.

Pero Juan Manuel murió en una cama de hospital a la edad de 84 años, mientras que Jim y Ayrton murieron al volante de dos monoplazas de carreras, a la edad de 32 y 34 años respectivamente, corriendo a toda velocidad. Y nunca nadie sabrá el porqué de sus accidentes. Pero tuvieron algo más en común además del hecho de morir jóvenes y de su habilidad para pilotar coches de carreras: antes de morir eran considerados casi inmortales.

Y por eso, cuando mi padre me informó de la muerte de Jim, todo lo que pude decir fue: “No, no me lo creo.” Y eso no fue una hipérbole; no, realmente no me lo creía. No podía ser cierto. ¿Cómo era posible que Jim, el mejor piloto en la Tierra, de todas las formas y lugares posibles, hubiese podido morir en una carrera de Fórmula 2 y en Hockenheim?  No, simplemente no podía ser cierto. Pero era verdad – tal y como 26 años después, también era verdad que Ayrton había muerto en una carrera de Fórmula 1 en Imola.

Como Jim, Ayrton  también era considerado inmortal por sus rivales, sus fans y sus compatriotas. El día antes de morir – o sea, el sábado 30 de abril de 1994 – el piloto austriaco de Fórmula 1 de 33 años, Roland Ratzenberger, murió durante la clasificación. Todo el mundo estaba muy consternado – sus rivales, sus fans y sus compatriotas – pero, aunque la muerte de Roland fue tan trágica como la de Ayrton, la de Ayrton tuvo más fuerza visceral. Inevitablemente, tenía que ser así, porque como Jim, Ayrton había dejado atrás el estatus de mero piloto para adquirir el nivel de respeto y envidia que lo ponían en un pedestal más alto que a sus rivales.

Incluso ahora, 20 años después, aún tengo ese sentimiento de incredulidad: “No, Ayrton no, no puede ser cierto, no es posible, es demasiado bueno como para morir.” Pero sí, murió.

¿Murió en vano? Todas las muertes son terriblemente tristes – suponen la pérdida de una vida – y las muertes por accidente, o peor aún, las muertes violentas, son aún más tristes. Pero no, Ayrton no murió en vano. Murió porque la varilla de la suspensión frontal atravesó su casco y su coche colisionó con el muro de la rápida curva Tamburello en Imola, y eso fue así sólo porque por aquel entonces el entorno de trabajo de un piloto de Fórmula 1 – su cabina – estaba abierto y desprotegido de hombros para arriba. Busque una panorámica tomada de lado de un coche de Fórmula 1 de 1994 y podrá ver a lo que me refiero.

Pero, porque Ayrton era Ayrton y no un simple piloto de Fórmula 1, su muerte fue tan perturbadora para tanta gente que quedo claro que la Fórmula 1 tenía que hacerse más segura – y se volvió más segura, gracias en gran parte a los esfuerzos de Bernie Ecclestone, el titular de los derechos comerciales de la Fórmula 1, y el por entonces presidente de la FIA, Max Mosley, así como el delegado médico de la FIA, Sid Watkins. Como resultado, no ha habido más muertes de pilotos de Fórmula 1 en el trazado en los 20 años que han pasado desde el fatal accidente de Ayrton, y los jóvenes pilotos de la Fórmula 1 de hoy en día saltan, se levantan y salen de sus monoplazas después de accidentes aparatosos gracias a esos tres incondicionales de la Fórmula 1 e, indirectamente, gracias también a Ayrton.

Y lo que es más, la muerte de Ayrton tuvo un efecto positivo sobre las características de seguridad en los coches de carretera. Max Mosley hizo las siguientes declaraciones al respecto para la agencia de noticias Reuters hace unos días: “Aquel fin de semana en Imola fue el catalizador para el cambio en la carretera que, sin lugar a dudas, ha salvado literalmente decenas de miles de vidas. Sin ese catalizador, [la FIA] nunca hubiera inaugurado el EuroNCAP [Programa Europeo de Evaluación de  Automóviles Nuevos] y nunca hubiéramos conseguido que se legislase a través de la Comisión Europea una normativa que ha mejorado tanto los estándares de seguridad en la carretera. Así que ahora hay nada menos que decenas de miles de personas caminando por ahí, vivas, ilesas, y felices, que de otra forma estarían muertas. Y todo eso empezó por el accidente de Ayrton.”

Los que hemos vivido y hemos amado las carreras estamos muy orgullosos de nuestro deporte cuando leímos esas palabras. Cuando pienso en el final de la vida de Ayrton, y por tanto, el final también de su carrera de Fórmula 1, inevitablemente me viene a la cabeza también Michael Schumacher, quien empezaba a tener éxito en la Fórmula 1 cuando Ayrton murió. Hoy, Michael permanece en la cama de un hospital debido a un accidente de esquí en los Alpes franceses a finales del año pasado. A menudo rezo por él, esperando que se recupere.

Michael es, por supuesto, el piloto de Fórmula 1 que ha cosechado más éxitos en toda la historia, con siete campeonatos del mundo. Pero, si Ayrton hubiera salido ileso de aquel accidente en Imola en 1994, estoy seguro de que habría ganado el campeonato del mundo de ese año en vez de Michael. Después de todo, el compañero de Ayrton en el equipo Williams, Damon Hill, hubiese ganado el campeonato del mundo ese año si no hubiera sido por la dudosa maniobra  de Michael en Adelaide al final de la temporada. Y, en los dos grandes premios anteriores a Imola, es decir, Interlagos y Aida, Ayrton había sido mucho más rápido que Damon. 

Muchos comentaristas opinan que Damon debería haber ganado el campeonato del mundo de 1995 – aunque Michael venció de nuevo – y por supuesto, Damon por fin ganó el campeonato del mundo de 1996, derrotando a Michael de forma justa y honesta.
Pienso que si Ayrton hubiese salido ileso de su accidente en Imola en 1994, habría ganado el campeonato para Williams esos tres años – 1994, 1995 y 1996 – lo que le hubiese concedido un total de seis campeonatos del mundo contra los cinco de Michael. Pero bueno, eso es sólo mi opinión. En cualquier caso, eso es lo que significó la muerte de Ayrton – y significa aún – para la Fórmula 1.

¿Pero qué significó y qué significa aún la muerte de Ayrton para Brasil?
Yo fui uno de los portadores del féretro en su funeral, junto a Jackie Stewart, Alain Prost, Gerhard Berger, Damon Hill y Rubens Barrichello, y recordaré hasta que me muera cada detalle del acto de llevar su ataúd hasta su lugar final de descanso.

Tres millones de brasileños salieron a las calles de Sao Paulo por donde pasaba el cortejo fúnebre de Ayrton – muchos de ellos llorando a lágrima viva – y me dicen que ha sido la mayor congregación de dolientes de la época moderna.

Todo el mundo en Brasil se vio afectado por la pena y el dolor – hombres, mujeres, niños, niñas, gente joven, fans de la Fórmula 1 y menos fans – y el país experimentó sentimientos compartidos de pérdida, desperdicio y, sí, de ese tipo de incredulidad a la que hice referencia más arriba: “Nuestro Ayrton no, nuestro chico no, él no, imposible, no, no, no.”
Como resultado, Ayrton siempre será un héroe en Brasil – de hecho, quizá su heroísmo haya alcanzado proporciones míticas durante los últimos 20 años. Eso es lo que la percepción de inmortalidad confiere a un hombre  cuando de repente y de forma cruel se descubre que, después de todo, no es inmortal.

Durante un tiempo después de su muerte, los fans brasileños de la Fórmula 1 estaban demasiado tristes como para volver a acoger su deporte favorito con el mismo fervor de antes, y como resultado tenemos ese salto generacional en la demografía de los fans de la Fórmula 1 en Brasil. Los tipos que tenían 20 y 30 y pico años cuando Ayrton murió – en otras palabras, aquellos chicos a los que sus padres habían persuadido para que leyeran sobre mí, y me apoyaran y, un poco más tarde, a Nelson Piquet en nuestra época de gloria - tenían menos ganas de persuadir a sus hijos para que viesen la Fórmula 1 después de aquel domingo 1 de mayo de 1994, porque ya no tenían ganas de hacerlo; estaban demasiado afectados.

Y así una generación de fans de Fórmula 1 en potencia creció viendo el baloncesto, el voleibol y, por supuesto, el fútbol, en vez de la Fórmula 1. Sí, sabían de la existencia de la Fórmula 1; sí, se alegraban cuando Rubens Barrichello o Felipe Massa ganaban grandes premios, pero su pasión por la Fórmula 1 era menor que la que hubiesen podido sentir sus padres, quienes no sólo se habían emocionado con los éxitos gloriosos de Ayrton una generación atrás, sino que también les habían servido de inspiración. A pesar de ello, el nombre de Ayrton está aún vivo en Brasil, gracias en gran parte  al magnífico trabajo que realiza el Instituto Ayrton Senna, una organización no gubernamental que gestiona programas importantes para ayudar a niños necesitados en Brasil. El Instituto fue fundado por la familia de Ayrton justo seis meses después de su muerte, y hoy lo dirige la hermana de Ayrton, Viviane Senna da Silva Lalli, con un montón de energía y entusiasmo.

Esto es lo que la muerte de Ayrton significó – y significa – para Brasil.
¿Pero qué significó – y qué significa – la muerte de Ayrton para mí?
Se trata de una pregunta difícil, pero trataré de responderla lo mejor posible.
Lo echo de menos cada día, y pienso en él a menudo.

Como hombre de fe, siento su presencia en mi vida y soy mejor gracias a ello.
Cuando veo fotos de él, sobre todo cuando está sonriendo, aún escucho su risa inimitable.
Cuando veo sus videos pilotando un monoplaza de Fórmula 1, especialmente en Mónaco, donde sobrepasó a todo hombre que hizo lo mismo antes, o que lo haya intentado hacer desde entonces, un estremecimiento genuino me recorre el cuerpo. Verdaderamente, era único. Verdaderamente, era brillante. Verdaderamente, no volveremos a ver algo similar jamás.

Permítanme que me despida con una anécdota personal, que resume lo que es Ayrton para mí. En diciembre de 1992 le convencí para que probase mi Indycar Penske en el Circuito Internacional de Phoenix, un óvalo corto. Antes de pilotarlo, me pidió que yo diera unas vueltas con él, para que así mientras él pudiera observar el trazado. Empecé a pilotar rápido, cronometrando una velocidad media por vuelta de más de 170 millas por hora (274 km/h). De pronto, cuando me dirigía a la curva dos, dejando que mi coche se acercara a unas 3-4 pulgadas (8-10 cm) del muro, Ayrton sacó su cabeza por un hueco de la valla, para poder ver mejor cómo sacaba potencia a la salida de la curva.

Cuando volví al garaje del pit, le dije: “¡Ayrton, estás loco! ¡Te podría haber arrancado la cabeza! ¿No te das cuenta de que cuando se pilota un Indycar en un óvalo, se pilota al borde del trazado, justo al lado del muro, y poco importa la velocidad a la que vayas?”
Y ahora cuando revivo los recuerdos de aquella conversación, en mi cabeza puedo ver esa sonrisa, y puedo escuchar esa risa.

Te echo de menos, amigo. Mucho. Pero me consuela el mensaje grabado sobre tu tumba, en el cementerio de Morumbi, en Sao Paulo: ‘Nada pode me separar do amor de Deus’ (“Nada puede separarme del amor de Dios”).

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